Lógicamente no pude verla cuando se estrenó —corría el año 72— porque todavía era muy pequeño, pero no creo que llegara a los diez años cuando en casa me dieron licencia especial para ver esa cinta que iba a impactarme de una manera brutal y decisiva. Me refiero a La cabina, el cortometraje de A. Mercero protagonizado por José Luis López Vázquez, a quien con estas líneas quiero rendir un homenaje.Recuerdo que aquella noche de infancia, de televisión única y en blanco y negro, mi padre accedió a dejarme ver la cinta a pesar de que tenía dos rombos y a pesar de que se pasaba en un horario tardío para un niño. Mi padre, que ya la había visto en su momento, me lo dejó bien claro: “Al final salen unas imágenes que te van a traer pesadillas por la noche”. Aun así, la avidez por ver esa película fue superior al pánico que horas después, ya acostado, iba a padecer.
La visión de La cabina aquella noche provocó en mí un impacto similar al que produjo Un chien andalou en los espectadores que el 6 de junio de 1929 estaban en el patio de butacas del Studio des Ursulines de París.
Curiosamente las imágenes que alimentaron mis pesadillas en las noches siguientes no fueron las del final de la película como vaticinó mi padre —los esqueletos con traje desparramados en el escaso medio metro cuadrado de la cabina, los ahorcamientos con el cable del teléfono—, sino las de la primera mitad, aquellas que transcurren bajo la luz implacable del sol mediterráneo y en una plaza pública cada vez más poblada de espectadores.
Además del impacto de las imágenes, aquella noche realicé con la inocencia del niño dos grandes descubrimientos.
En primer lugar, descubrí que mi padre ya no tenía respuestas para todo. Cuando López-Vázquez se quedó encerrado en la cabina, yo le pregunté por qué no podía salir si unas secuencias antes su hijo había entrado en ese mismo cubículo para recoger una pelota y había salido sin problemas; le pregunté también por qué la gente que se agolpaba alrededor de la cabina no lo ayudaba a salir, por qué no forcejeaban con la puerta, por qué no rompían el cristal… Ante todas estas preguntas, formuladas con toda la lógica que puede tener un niño de esa edad, mi padre enmudeció y se limitó a decirme que ése era el truco de la película y lo que le daba razón de ser. Con el tiempo encontraría la palabra exacta para vestir esa desazón: el absurdo.
El segundo descubrimiento no fue menos trascendental. Al rebobinar en la mente la película, caí en la cuenta de que las imágenes y las sensaciones vividas eran muy parecidas a las que a veces se reproducían en mis sueños y perduraban hasta la llegada de la vigilia. Y descubrí con asombro que era la primera vez que la realidad exterior se sincronizaba con la realidad que poblaba mis sueños.
Además del impacto de las imágenes, aquella noche realicé con la inocencia del niño dos grandes descubrimientos.
En primer lugar, descubrí que mi padre ya no tenía respuestas para todo. Cuando López-Vázquez se quedó encerrado en la cabina, yo le pregunté por qué no podía salir si unas secuencias antes su hijo había entrado en ese mismo cubículo para recoger una pelota y había salido sin problemas; le pregunté también por qué la gente que se agolpaba alrededor de la cabina no lo ayudaba a salir, por qué no forcejeaban con la puerta, por qué no rompían el cristal… Ante todas estas preguntas, formuladas con toda la lógica que puede tener un niño de esa edad, mi padre enmudeció y se limitó a decirme que ése era el truco de la película y lo que le daba razón de ser. Con el tiempo encontraría la palabra exacta para vestir esa desazón: el absurdo.
El segundo descubrimiento no fue menos trascendental. Al rebobinar en la mente la película, caí en la cuenta de que las imágenes y las sensaciones vividas eran muy parecidas a las que a veces se reproducían en mis sueños y perduraban hasta la llegada de la vigilia. Y descubrí con asombro que era la primera vez que la realidad exterior se sincronizaba con la realidad que poblaba mis sueños.





