Aquel sábado por la mañana, mientras se afeitaba, Marianico el Corto tarareaba frente al espejo su canción preferida: “Y el Ebro guarda silencio al pasar por el Pilar, la Virgen está dormida…”. Pensaba también en la cita que tenía esa tarde-noche para amenizar los prolegómenos de una boda en el restaurante “El Cachirulo”. No era algo que le apeteciera mucho, pero era un compromiso que había contraído por la amistad que le unía con la familia de uno de los contrayentes.
La actuación resultó a pedir de boca y el surtido de chistes que eligió para la ocasión no pudo ser más acertado: un florilegio de chistes picantes relativos todos ellos a la noche de bodas.
Marianico cenó como un invitado más y sumó su voz a la de todos los comensales que en más de veintisiete ocasiones gritaron al unísono el “que se besen, que se besen”.
Como suele ser habitual en estos casos, después del baile con barra libre los familiares más gamberros propusieron rematar la noche en un after hours. Marianico rehusó la obstinada invitación pretextando que ya no estaba para esos trotes. Pero, como suele ser habitual en estos casos, Marianico acabó montado en un taxi rumbo al after hours con los familiares más gamberros en donde remató la noche.
Cuando salió del after hours Marianico llevaba la cabeza embotada y dolorida. Un pitido constante atronaba sus oídos. Lo achacó no tanto al volumen de la música como a la música en sí. Estaba claro que los ritmos ametrallados no eran lo suyo. “No estoy ya para estos trotes de afteragüers, ni para el chunda chunda”, reconoció a los que le acompañaban, “lo mío son las jotas y el chill out”.
En que el pitido en sus oídos cesó, Marianico se sintió más ligero, casi grácil y etéreo, como en los tiempos de su primera adolescencia. Pero no le dio mayor importancia.
Sin embargo, sí le llamó poderosamente la atención el cambio de perspectiva que experimentó en la percepción de la realidad. Acostumbrado a mirar a los demás en contrapicado, notó que ahora los miraba de igual a igual, e incluso a algunos en picado. “Aquí hay algo que no me cuadra”, se dijo, “algo raro me pasa”. Marianico comenzó a tentarse el cuerpo con preocupación, ansioso de certificar si sus sensaciones se correspondían con la realidad física y llegó a la conclusión de que estaba más delgado y mucho más alto. “Anda la hostia”, exclamó asustado, “esto sí que es gordo, pues”.
Quiso comprobar si estos cambios afectaban también a la cabeza, para lo cual se llevó la mano al rostro. Se palpó la barbilla, la boca y la nariz; comprobó después que tenía los dos ojos en su sitio. Más tranquilo, quiso hacer lo propio con el pelo. Acostumbrado a pasarse la mano repetidas veces cuando se quitaba la boina después de cada actuación, esperaba sentir el tacto sedoso de su pelo liso y ralo. Sin embargo, sus dedos se engancharon a la primera con los rizos y tirabuzones de una tupida y frondosa melena que le caía casi hasta los hombros. Cogió un mechón de pelo para mirarlo más detenidamente y reparó en la oscuridad de sus uñas. “Vaya suciedad he cogido esta noche”, pensó. Cuando se fijó más detenidamente, observó que era una suciedad uniforme y brillante, y constató que sus uñas estaban completamente lacadas en negro.
Desolado, quiso hacer la última prueba para saber si verdaderamente era él, Marianico el Corto, y probó a entonar la canción que tarareaba cuando se afeitó el día anterior, pero no se acordó de la letra. En su lugar elevó una mano al cielo, colocó la otra sobre la cintura y comenzó a cantar con voz grave y profunda: “Amanece tan pronto, y yo estoy tan solo, y no me arrepiento de lo de ayer…”
Cuando al día siguiente sus familiares y amigos conocieron la noticia, se quedaron estupefactos. No sabían si darle el pésame o la enhorabuena.
— Pero, Marianico, ¿qué es lo que te ha pasado para quedarte como Bunbury? —le preguntaron sus compañeros de mesa cuando el lunes bajó al café para echar la consuetudinaria partida de guiñote.
— No lo sé, maño —contestó, resignado—. Pa mí que fue el garrafón que me metieron en el cubata.
— Ta bien, po´l haba —repuso, socarrón, el que iba de mano—, seguro que estuvistes con alguna marrana que t´habrá ajuntáu de todo.

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