Si no es este año, lo será el siguiente, pero el ministerio de Educación no tardará en comparecer ante los medios de comunicación para anunciar el descenso notable del fracaso escolar en España y un aumento de la tasa de titulación tanto en Secundaria como en el Bachillerato. Se vanagloriará también de que las tasas de aprobados en las pruebas de acceso a la Universidad se mantienen estables por encima del 96 % en la convocatoria ordinaria y apenas unos puntos por debajo en la extraordinaria. Examinadas en frío, estas estadísticas serían un motivo de congratulación. Sin embargo, el ministerio no revelará los procesos internos que se esconden detrás de esas estadísticas sobre el Bachillerato.

Esta semana hemos conocido el informe de Olga R. Sanmartín, una de las periodistas sobre educación más informadas y rigurosas, sobre el aumento espectacular de la nota media de Bachillerato con la que los alumnos acuden a la EBAU (un 58.45 % en ocho años). En 2023 el 43 % de los alumnos concurrió a la prueba con una nota media de Bachillerato superior al 8; en 2015 este porcentaje representaba el 27 % (vid. infra la gráfica lineal). Esta nota media, que supone el 60 % de la nota de acceso a la Universidad, no ha parado de subir hasta el año 2021 y desde entonces se ha estabilizado en forma de meseta estadística por encima del 43 %. Esta inflación de las calificaciones del bachillerato, que antes siempre se achacaba a los colegios privados, pero ahora es generalizada en los centros públicos, justifica la afirmación de que nos encontramos, efectivamente, ante una burbuja de calificaciones que no refleja el nivel académico real con que se encuentran los profesores de universidad cuando reciben a los alumnos en el primer curso del grado.

Esta escalada porcentual no obedece a una súbita mutación intelectual de nuestros bachilleres, sino a cambios en los procedimientos evaluadores y a la reconversión de unas medidas excepcionales en ordinarias, siempre a favor de obra, claro. De resultas de todo lo cual se está creando ―de hecho, está ya consolidada― una cultura educativa en la que el suspenso, casi erradicado en los usos escolares de la enseñanza obligatoria, se ha extendido como una duna a la enseñanza no obligatoria. Lógicamente, al no haber suspensos y al relajo de las condiciones con las que se obtiene el título (se puede titular con una asignatura suspendida), las tasas de promoción y de titulación en el Bachillerato se han disparado.

Aunque apuntada en los cursos anteriores, la escalada del porcentaje de alumnos con la media de bachillerato superior al 8 se correlaciona directamente con una variable determinante. En 2020 la pandemia obligó a adoptar medidas excepcionales en la evaluación de los alumnos y a diseñar unos modelos especiales de exámenes de la Ebau tan plagados de optatividad que se parecen mucho a un bufet libre en el que el alumno elige lo que quiere comer y rehúsa aquello que no quiere comer. Esos exámenes especiales de la Ebau, con el efecto finalista y de arrastre que proyectan sobre el segundo curso de Bachillerato, se han mantenido vigentes hasta el día de hoy, a pesar de que la causa última que los motivó haya decaído. Se dice pronto, pero la única medida excepcional de la pandemia que se mantiene todavía vigente en 2024 es el modelo de selectividad. Basta con examinar las notas de corte de las distintas facultades universitarias para comprobar el aumento de las calificaciones de la EBAU en estos tres últimos años, a pesar de la obligada regresión a la media del curso pasado (las calificaciones no pueden subir indefinidamente).

Hay un segundo factor fundamental que explica la extinción del suspenso en el Bachillerato. Este curso 2023-24 se ha completado la implantación de la Lomloe que prescribe la evaluación por competencias en sustitución de la manera tradicional de evaluar. Con la atomización de los porcentajes asignados a cada competencia y la disolución de los contenidos en esa red de araña es muy difícil que el alumno no rasque un poco de nota de aquí y otro poco de allá, por lo que la sensación generalizada entre el profesorado es la de que las calificaciones están generosamente esponjadas. Cuestión diferente es que el alumno brillante pueda obtener sin ayuda adicional las máximas calificaciones. Pero este sistema de evaluación competencial está diseñado precisamente para amalgamar a todos los alumnos en el intervalo comprendido entre el 4 y el 7, y del 4 al 5 no hay más que una leve estimación. Lo de la cama de Procusto, ya saben. Sumemos a esto la carga burocrática que grava el suspenso, los posibles procesos de reclamación y el aguinaldo de una liberación horaria en el juniembre para que el profesorado que imparte clase en Bachillerato deserte en masa de otorgar calificaciones negativas, aunque en su fuero interno reconozca la injusticia de muchos de los aprobados.

Alguien se preguntará con razón si esta inflación de notas, que no responde a un ascenso en el nivel de conocimientos del alumnado, interesa verdaderamente al nivel superior universitario que es el receptor de la mayor parte del alumnado que acaba el Bachillerato. La respuesta la he encontrado en un publirreportaje aparecido en El País bajo el título «Una EBAU para tiempos modernos» (12/05/24) por boca de María Antonia Peña, rectora de la Universidad de Huelva y a la sazón presidenta de Asuntos Estudiantiles de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE). Cito literalmente: «lo recomendable sería que la EBAU pudiera ser relajada, sin tensionarse por obtener una décima o milésima arriba y que las universidades pudieran nutrir adecuadamente plazas públicas, más aún en las titulaciones sociales». Además de no estresar al alumno que estrena la mayoría de edad, el objetivo último de esta nueva cultura del aprobado general del Bachillerato es el de abastecer de materia prima las aulas de algunas facultades deficitarias para seguir manteniendo plantillas, departamentos y chiringuitos, aunque la empleabilidad futura sea nula y la calidad académica de los grados descienda a ras de suelo.

Esta erradicación del suspenso en el Bachillerato es la cabeza de playa que facilitará el desembarco, no a mucho tardar, de una medida en ciernes: la extensión de la obligatoriedad de la enseñanza hasta los dieciocho años.

1

Ver comentarios

Cargando